Luces desde el abismo, Jorge Drexler

15/Oct/2012

La Opinión de Murcia

Luces desde el abismo, Jorge Drexler

Un viaje de la luz a la oscuridad, y de ésta, otra vez a la vida, en un despliegue de emoción, poesía y alguna que otra duda. Era el último concierto de su gira Mundo abisal. Llegó con un fuerte catarro que a punto estuvo de obligarle a suspender, pero tiró de su carisma y habilidades y echó el resto. Y es que el uruguayo se basta y se sobra, consigue un especial feedback con el público, dialoga, cuenta, divaga, pregunta y cumple deseos: «¿Qué canción os gustaría escuchar esta noche?». La pulsión del sónar nos sumerge en profundidades abisales, La escenografía en penumbra fue esencial: habla de la oscuridad como atributo positivo, de la duda como una hermana, donde se encadenan las justificaciones con las confesiones del recién enamorado. Como dice en la canción, «todo pasa muy lentamente en el mundo abisal». En el escenario, dos micros, otras tantas lámparas y una bombilla ¿Una bombilla? Sí, el primer halo de luz en este Mundo Abisal al que Drexler se enfrenta solo. Las distancias cortas son sus distancias. La oscuridad se rompió cuando sonaron los primeros acordes de Hermana Duda y se hizo un mágico silencio. Y es que Drexler, solo, sin banda que le sirva como armadura, llenaba el minimalista escenario.Jorge Drexler ha regresado acertadamente a los instrumentos tradicionales. Sólo un ‘theremin’ rompió esa lógica. Enarbolando su guitarra, unas veces eléctrica y otras acústica, mezcló las nuevas canciones con algunos de sus temas anteriores. Durante más de dos horas, aún aquejada su garganta, repasó su cancionero deconstruyéndolo.La guitarra, bien acústica o bien eléctrica, centró los argumentos de sus canciones, que parece que solo le necesitan a él para imponer su lógica entre el público, que ya cantaba quedo en Polvo de estrellas, segundo tema de la noche. El candor y la seducción son las armas de este hombre tranquilo, que puede convertir en anécdota casi poética el ser sanado por un caramelo lanzado desde el anfiteatro. Le recordó su maestro: «no cantes con la laringe, sino con el corazón», y eso hizo, incluso cantó a la carta: el público le hizo peticiones: Inoportuna, La edad del cielo, acompañado por los chasquidos de dedos; una versión a capella de la oscarizada Al otro lado del río con la colaboración del respetable, Deseo, Disneylandia o Todo se transforma.Drexler introdujo a sus acompañantes, Campi Campon y Sebastián Merlín, con Mi guitarra y vos, un sucedáneo de rap; alardeó de su gusto exquisito por la interacción entre la música electrónica e instrumental a partir del ‘theremin’ (Aquellos tiempos, Deseo), con una muestra de archivos musicales grabados en distintos rincones del mundo: reclamos de vendedores ambulantes de Lima (Revolución caliente para rechinar los dientes), sonidos del metro de Nueva York o la última llamada de una compañía aérea para el embarque de su grupo en Barajas. Drexler cantó sobre lo efímeros que somos (Polvo de estrellas) , sobre la oportuna, sentida e inteligente reflexión del conflicto entre culturas, capitalizado por el fanatismo (Milonga del moro judío –«perdonen que no me aliste bajo ninguna bandera, vale más cualquier quimera que un trozo de tela triste…»–), y despertó esperanzas olvidadas, «desafiando las leyes del tiempo y de la distancia», con Eco. Eso sí, advirtió de la dificultad para seguir la rítmica de algunos de sus temas con palmas: Mejor con el chasquido de los dedos, para despedirse –ahora sí caben las palmas– con una rumba venenosa, Las Transeuntes. Sensibilidad, camaradería, conexión con el público. Jorge Drexler cantó y embelesó. En definitiva, una lección de buen gusto e ingenio.